Hay algo entrañablemente selectivo en la defensa contemporánea del derecho internacional. Se invoca con solemnidad cuando lo vulnera el adversario, se matiza con diplomacia cuando lo hace el aliado y, si la incomodidad es excesiva, se archiva bajo el epígrafe de “complejidad geopolítica”.

El reciente ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán no es solo un episodio más en la larga historia de tensiones en Oriente Medio. Es, sobre todo, una lección práctica de cómo funciona hoy el orden internacional: las normas existen, sí; pero su aplicación depende, en buena medida, de quién tenga la capacidad de ignorarlas.

La justificación oficial fue previsible: seguridad, prevención, amenaza nuclear, estabilidad regional. La retórica de la urgencia estratégica siempre encuentra adjetivos suficientes. Sin embargo, el derecho internacional —ese conjunto de reglas que supuestamente diferencia la política global del salvaje oeste— es menos flexible de lo que ciertos discursos quisieran.

La Carta de las Naciones Unidas establece dos supuestos claros para el uso legítimo de la fuerza: autorización del Consejo de Seguridad o legítima defensa ante un ataque armado efectivo. La llamada “defensa preventiva”, es decir, atacar porque se sospecha que en algún momento podría existir una amenaza, pertenece más al terreno doctrinal que al jurídico.

En el caso iraní, no hubo autorización del Consejo de Seguridad. Tampoco existía un ataque armado en curso que activara el artículo 51. Lo que hubo fue una decisión estratégica adoptada por quien dispone de superioridad militar suficiente para convertir su interpretación en hecho consumado.

Y cuando la interpretación sustituye a la norma, el derecho deja de ser derecho y pasa a ser criterio.

El precedente venezolano: cuando la excepción se vuelve costumbre

Irán no es un episodio aislado. Hace apenas unos meses, la intervención estadounidense en Venezuela ya había generado un debate similar. También entonces se habló de estabilidad, de necesidad, de urgencia. También entonces faltó respaldo formal del Consejo de Seguridad. También entonces la elasticidad jurídica pareció estirarse lo justo para encajar la decisión previa.

Cuando los episodios se repiten, dejan de ser anomalías y empiezan a parecer método.

El patrón es reconocible: Washington actúa cuando considera que sus intereses estratégicos lo requieren, el marco multilateral se consulta —o se menciona—, pero no necesariamente se respeta si incomoda. El mensaje implícito es sencillo: las reglas son importantes, siempre que no limiten demasiado.

No se trata solo de Oriente Medio o de América Latina. Se trata de una concepción del poder.

El desgaste del orden internacional (o cómo relativizar principios sin despeinarse)

El sistema internacional posterior a 1945 se construyó sobre una promesa: la guerra no sería una herramienta discrecional de política exterior. Incluso las grandes potencias aceptarían límites formales. Esa era la ficción civilizatoria que sostenía la arquitectura global.

Cada vez que una intervención se produce al margen de ese marco, la ficción se debilita un poco más.

Porque si una potencia puede reinterpretar unilateralmente las normas sobre el uso de la fuerza, ¿qué impide que otras hagan lo mismo? ¿Con qué autoridad moral puede exigirse respeto a la soberanía territorial en otros conflictos si el principio se aplica según conveniencia?

Paradójicamente, quienes históricamente han defendido el orden liberal internacional son también quienes más lo tensan cuando sienten que les constriñe.

La seguridad es un argumento poderoso. Tan poderoso que, usado sin límites, termina por absorber al derecho.

Y cuando la seguridad se convierte en razón suficiente para todo, el marco jurídico se convierte en decorado.

El matón del patio (con argumentario)

En cualquier patio de colegio hay una figura conocida: el alumno más fuerte que decide qué está permitido y qué no. A veces incluso cree actuar en nombre del orden. Pero su criterio se impone no porque haya consenso, sino porque tiene la fuerza para hacerlo valer.

Esa metáfora —un poco infantil, sí, pero sorprendentemente precisa— describe cómo muchos países perciben hoy la actuación estadounidense. No es solo poder militar; es una actitud frente a las normas comunes.

Cuando un país actúa sistemáticamente al margen de los mecanismos multilaterales que ayudó a crear, transmite una idea peligrosa: que el orden internacional es opcional para quien puede permitirse ignorarlo.

Y aquí entra en escena Europa.

Europa: entre la preocupación y el carraspeo diplomático

Si Estados Unidos desempeña el papel del matón del patio, la reacción europea ha sido la del alumno aplicado que mira al suelo y pide “desescalada”.

Las capitales europeas reaccionaron con comunicados impecablemente equilibrados. Se habló de “preocupación”, de “contención”, de “retorno a la vía diplomática”. Se evitó, con elegancia quirúrgica, cualquier palabra que pudiera resultar demasiado incómoda: ilegalidad, agresión, violación de soberanía.

La prudencia no es casual. Europa depende estructuralmente de Estados Unidos en materia de seguridad. La OTAN no es un club de lectura. Tras Ucrania, el vínculo transatlántico se ha reforzado hasta niveles casi existenciales.

Pero la prudencia también tiene efectos secundarios.

Porque la Unión Europea gusta de presentarse como defensora del multilateralismo, del derecho internacional y del orden basado en normas. Es una identidad política cuidadosamente cultivada. Y las identidades, como se sabe, sufren cuando se aplican selectivamente.

Autonomía estratégica (versión retórica)

Durante años, Bruselas ha hablado de “autonomía estratégica”. La expresión ha decorado cumbres, documentos y discursos. Europa no quiere ser espectadora, se nos dice; quiere ser actor.

Sin embargo, cuando la intervención contra Irán planteaba dudas jurídicas evidentes —como antes la de Venezuela— la oportunidad de reafirmar un principio sencillo estaba ahí: las normas son iguales para todos.

Pero eso exigía asumir un coste diplomático.

Y Europa, en este momento, parece preferir el arte de la ambigüedad elegante: ni aplauso explícito ni condena frontal. Un equilibrio que busca no incomodar demasiado a Washington sin parecer cómplice.

El problema es que la neutralidad diplomática, repetida suficientes veces, termina pareciendo irrelevancia.

Seguridad frente a coherencia

Desde un cálculo realista, la posición europea es comprensible. Estados Unidos sigue siendo el principal garante de la seguridad continental. La disuasión nuclear, la inteligencia compartida y la estructura militar integrada no son asuntos menores.

Pero el dilema no es solo estratégico, es normativo.

Si Europa exige respeto al derecho internacional en unos escenarios y lo relativiza en otros, su credibilidad se erosiona. Y la credibilidad, en política internacional, es capital.

¿Cómo reclamar soberanía inviolable en el este europeo si se suaviza el discurso cuando la vulneración proviene del aliado atlántico? ¿Cómo defender un orden basado en reglas si esas reglas se convierten en recomendaciones cuando resultan incómodas?

La coherencia no siempre es cómoda. Pero la incoherencia suele ser costosa.

El patio global

Irán y Venezuela no son solo conflictos geopolíticos. Son pruebas de estrés para el sistema internacional.

Estados Unidos sigue siendo una potencia determinante. Pero cada vez que actúa al margen del consenso multilateral, debilita el marco que le permitió ejercer liderazgo global durante décadas.

Y Europa, mientras tanto, oscila entre la incomodidad y la dependencia, entre el deseo de autonomía y el reflejo de alineamiento.

En el patio global actual, el más fuerte impone reglas cuando lo considera necesario. Y el resto decide si mira hacia otro lado, carraspea diplomáticamente o se atreve a recordar que existen normas comunes.

El problema no es solo quién actúa como matón.

El problema es qué hacen los demás cuando lo hace.

Porque en un sistema donde la fuerza sustituye al derecho, ya no hay árbitros. Solo jugadores con distinta musculatura.

Y en ese escenario, el orden internacional deja de ser un orden. Se convierte, simplemente, en un patio sin profesores.

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